Historias

¿Qué es peor que el final, ya sea bueno o malo, de una historia? Que ésta nunca comience.


    No hay nada más que decir al respecto. Los recuerdos siguen ahí, acechando en la profundidad de tu mente esperando el momento perfecto para salir a la luz. Aquel donde creas que ya lo olvidaste, que lo superaste. Ahí es cuando vuelven a salir, a emerger de la profundidad en donde se encontraban. Sin causa, sin justificación, arrasando con cualquier posibilidad de evitar evocar escenas de la memoria con simples objetos del día a día, con palabras sueltas o con gestos que pertenecen a desconocidos. 

    Algo o alguien se incrusta tan adentro que, aunque sepas que solo te queda cariño por esa cosa, te es inevitable pensar en posibilidades que distan mucho de ser lo que realmente sucedió. Te preguntas si cambiaría algo que las palabras dichas y reveladas hubiesen sido distintas o, por el contrario, todo seguiría igual.

    No me arrepiento de lo que sucedió, ni de como actué, ni de como me expresé. Solo me pregunto que hubiese pasado si cada uno no se hubiera ido por su lado. ¿Mi personalidad sería la misma? ¿Vería las cosas desde otro punto de vista? ¿Estaría en un círculo vicioso de idas y venidas?

Realmente no me interesan las respuestas a estas preguntas, pero es cierto que no me importaría conocerlas. 


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